5 de julio de 2021
�“El chacal de San Andrés de Giles�”: el joven que asesinó a toda su familia
En 1995, Luis Fernando Iribarren, que entonces tenía 30 años, confesó que había asesinado a su tía, gravemente enferma, "por piedad". Sin embargo, la gran sorpresa para los investigadores fue que también admitió haber matado, en 1986, a sus padres y sus dos hermanos. Desde ese día fue conocido como El Carnicero de Giles.
Iribarren en una de las tantas veces que fue trasladado a Tribunales durante su juicio.Alcira Iribarren murió el 26 de agosto de 1995. TenÃa 60 años y padecÃa un cáncer desde 1990. Esa enfermedad la mantuvo postrada por mucho tiempo. Tal vez por ello, los habitantes de la pequeña localidad bonaerense de San Andrés de Giles se habÃan habituado a su ausencia y no mostraron sorpresa al enterarse de su fallecimiento en una clÃnica de la Capital. Su sobrino, Luis Fernando Iribarren, fue el portador de la infausta noticia. En aquella ocasión, contó que doña Alcira habÃa sido inhumada en la Chacarita, intercalando en el relato algunas pinceladas desgarradoras sobre su agonÃa, y sin disimular su desconsuelo.
No era para menos. Gran parte de su vida habÃa transcurrido con ella en un antiguo caserón de la calle Cámpora. Los vecinos lo conocÃan desde niño. Y ahora, a los 21 años, gozaba de una reputación intachable.
Luis Fernando era apocado y laborioso; se dedicaba a la venta de equipos de comunicación y, en sus ratos libres, insistÃa en perfeccionar un motor eléctrico que él mismo habÃa diseñado. Claro que en los últimos tiempos se vio obligado a alternar esas ocupaciones con la esmerada atención que le dispensaba a la tÃa: le habÃa conseguido los mejores médicos, la cuidaba tras cada operación, la llevaba a quimioterapia y, cuando el dolor comenzó a ser insoportable, con sus propias manos le aplicó inyecciones de morfina. Hasta que esa droga dejó de hacerle efecto.
Entonces –según los dichos que esgrimÃa entre los vecinos– la internó en un instituto oncológico porteño. En ello habrÃa invertido todos sus ahorros, sin poder luego financiar el traslado de la finada a su terruño natal. De aquel impedimento –recordaban sus ocasionales interlocutores–, Luis Fernando se lamentaba una y otra vez.
El crimen llegó a las tapas de los diarios.Su versión era creÃble, pero no demoró en resquebrajarse a raÃz de un detalle de tipo aromático: el olor a muerte –dulzón, al principio y, después, directamente irrespirable– que comenzó a flotar en los fondos del jardÃn. Tal fragancia atrajo una nube de moscas e inquietó sobremanera al personal de la empresa telefónica lindante a la propiedad que el joven acababa de heredar.
Aquello derivó en una denuncia seguida por una discreta investigación. Al respecto, resultó decisivo el olfato policial del comisario Juan Ãngel Santos, quien en ese olor nauseabundo percibió la clave de un crimen.
El 31 de agosto, Luis Fernando fue llevado a la comisarÃa por “razones de rutina”. Santos creÃa que su declaración testimonial podrÃa aportar alguna pista. Sin embargo, el muchacho se adelantó a sus conclusiones al revelar que era precisamente el cadáver de doña Alcira lo que afectaba al ecosistema.
En este punto, ensayó una justificación moral. “Me jodÃa que sufriera, y la maté por piedad”, fueron sus palabras. Cabe destacar el método: un golpe en el cráneo aplicado con la parte plana de un hacha.
Pero, asombrosamente, la confesión de aquel asesinato lo llevó a otros: el de sus padres y sus dos hermanitos, perpetrados en una ya lejana noche de 1986. La masacre habÃa ocurrido en un campo de 70 hectáreas que explotaba su progenitor en TuyutÃ, a 25 kilómetros de San Andrés de Giles.
Esa vez, Luis Fernando también enterró los cuerpos.
Aún hoy resulta difÃcil determinar los motivos que llevaron a ese joven de ojos saltones, y orejas en punta, que le daban una expresión perturbadora, al asesinato de toda su familia.
"El carnicero de Giles" Los Fabulosos Cadillacs
Solo existen ciertos indicios sobre un vÃnculo conflictivo con su padre, un productor agropecuario. Al cumplir seis años, nació su hermano, Marcelo. Y cuando cumplió diez, su hermana Cecilia. Hay quienes dicen que él se sentÃa desplazado.
Los acontecimientos se precipitaron durante una noche invernal. Luego de la cena, él salió de la casa para fumar un cigarrillo. Su familia, en tanto, ya dormÃa. Entonces vio una carabina. Y no lo pensó dos veces: en cuestión de segundos, acribilló sin miramientos a todos los presentes.
Los niños tenÃan 15 y nueve años en el momento de morir. A Cecilia, tras dispararle en la nuca, le cerró los ojos, diciendo: “No sé por qué te hice esto, hermanita. Yo te quise mucho”.
A partir de entonces, el campo quedó abandonado: La maleza crecÃa y las aves de corral se fueron muriendo de sed.
Desde ese momento, Luis Fernando argumentó que sus familiares, al no poder honrar una deuda, habÃan huido a la ciudad paraguaya de Encarnación. Incluso, en el transcurso de todos esos años, fue fraguando cartas de ellos con remitente falso. Y también cultivaba otro ardid: simulaba viajes a Paraguay en los que decÃa haber estado con ellos. Y al regresar, hasta traÃa regalos que sus padres le habrÃan hecho. Iribarren mantuvo esas puestas en escena a través del tiempo. Y nadie dudaba de su palabra.
Luis Iribarren tenÃa 21 años cuando mató a sus padres y a sus hermanos.Tras confesar sus crÃmenes, la policÃa tardó dos semanas en hallar el sitio donde Iribarren habÃa enterrado los cadáveres. Aquel precario sepulcro estaba junto a un chiquero. Los restos de la niña aún permanecÃan abrazados a un osito de peluche.
Un interrogante todavÃa flota en el aire: ¿por qué otros parientes de los asesinados jamás repararon en su inexplicable ausencia? ¿Por qué doña Alcira tampoco se inquietó? Ella se llevó el secreto a su propia tumba.
El asesinato de esa mujer convirtió Iribarren, hasta entonces un asesino múltiple, en un homicida serial.
En septiembre de 2002, el “Chacal de San Andrés de Giles” –asà como lo llamó la prensa– fue condenado a prisión perpetua.

